viernes, 3 de septiembre de 2010

Setenta y cinco lunas, poemario de José Salguero Duarte




Autor: José Salguero Duarte
© José Salguero Duarte

Edita: José Salguero Duarte
Algeciras (Cádiz)
Andalucía /España/


© Prólogo: Andrés del Río Alcántara

Depósito legal: CA-658/06

ISBN-13: 978-84-611-2700-9
ISBN-10: 84-611-2700-5



Diseño, fotografías y maquetación: José Salguero Duarte


Todos los derechos reservados





Prólogo


Cuando el submarino nuclear Británico Tireless, atracaba en el puerto de Gibraltar, el 19 de mayo del año 2000, nunca pudo imaginar que su visita además de provocar una gran indignación y malestar entre los habitantes del Campo de Gibraltar, iba a servir para que yo pudiera encontrar, a unos de los personajes más singulares que he podido conocer.
Sí, fue al calor de las movilizaciones de protestas contra el submarino de su “graciosa majestad”. Y concretamente cuando conocí a Pepe Salguero, fue en la huelga de hambre, que un grupo de personas de la comarca, realizaron en los salones del Ayuntamiento de Algeciras.
Seis años después, tengo el enorme orgullo de prologar su libro Setenta y cinco lunas. Un poemario que no por casualidad se llama como se llama y, ni tampoco por casualidad sale publicado este año; año de la conmemoración del 75º Aniversario de la proclamación de la II Republica Española.
Salguero, hombre leal, luchador, reivindicativo, subversivo, polémico y libre, no podía dejar pasar esta fecha sin dejarnos estas perlas. Perlas que por su exclusividad no son blancas, sino negras. Negras del dolor y del sufrimiento, de aquellos que vieron truncadas sus ansias de progreso y de libertad en un oscuro día de mes de julio de 1936.
Al leer los versos de mi amigo Pepe, me ha corrido por todo el cuerpo, el estremecimiento del frío de los amaneceres rotos, por las cargas de los pelotones de fusilamientos, que cumplían sin ningún tipo de contemplación, las sentencias sumarísimas de aquellos Tribunales Militares de los sublevados.
Les recomiendo, que cuando abran las páginas de este libro y lean los poemas que en él encontraran, pónganse en la piel de aquellos agricultores sin tierra; en la de aquellos trabajadores de la mar; en la de aquellos maestros de la Institución Libre de Enseñanza y, si lo consiguen, podrán sentir la esperanza y ver la luz que para todos ellos significó, la llegada a España de la II República.
A nadie se le escapa, que sobre todos estos poemas planea la sombra de un gran amigo común de Pepe y mío, Juan Martínez Andujar. Juan, nos dejó este año y eso también habrá motivado en algún grado, la necesidad de Salguero de realizar éste su último homenaje.
Nosotros, los comunistas algecireños, tenemos una gran deuda con José Salguero Duarte, por el trato y comportamiento hacia nuestro camarada Juan. Y aprovecho esta oportunidad para de una forma pública agradecérselo, porque él llenó muchos espacios vacíos en la vida de Juan, ya que otros por miles motivos, no pudimos.
Gracias Pepe, por tu forma de ser. Gracias por tus poemas que nos recuerdan lo que otros quieren enterrar. Gracias por depositar en mí la tarea de prologar este magnifico libro. En fin, Pepe, sigue así y no cambies, porque hace falta en esta sociedad muchos Salguero Duarte, que golpeen permanentemente la conciencia dormida de muchos ciudadanos que como decía Unamuno en su obra Solitaña son “Caracoles humanos”.
Gracias, Salguero; gracias Tireless.

Andrés del Río Alcántara






Lágrimas del poeta, alegrías de penas.
Rocío de lunas frías, madrugadas en tinieblas.



José Salguero Duarte






Setenta y cinco lunas



Setenta y cinco lunas, nubes, miedos,
asesinos, chivatos y cómplices.

Pistoletazo de salida, dieciocho de julio;
y las armas implacables en la guerra.

Sienes malvadas, brotándoles el veredicto
en oscuras noches sin lumbres.

Exterminaron a desconocidos y a hermanos,
en tapias de cementerios, enmudeciendo los grillos.

Dieciocho de julio, gaviotas hambrientas,
en ese treinta y seis de fieras insaciables.

Gritos callados, familias rotas,
tiros en la nuca, fosas comunes.

Historia falseada, silencios mudos;
saqueos, pillajes y violaciones.

Cárceles tenebrosas de yugos y flechas,
sin caminos, sin mares y sin ríos.

Luto reinante en calles y plazas;
germinarán sus semillas,
y sus voces ya muertas.




No hay música



No hay música,
sin el compás del sonido.
Y, sin el sonido del compás,
que no marque las pautas,
y clone las partituras del tiempo,
haciendo sonar sus huesos,
con dedos mágicos sin acordes.

No hay música,
que se cruce en nuestra orfandad,
que no nos haga sentir
la nostalgia del pasado
y las emociones analíticas.

No hay música,
que no nos haga recordar el dolor,
al recorrer la distancia del pentagrama,
por raíles de ríos y de mares.

No hay música,
recogida en conciertos magistrales,
con notas blancas o negras,
que no ocupen el período vacío.

No hay música,
encarcelada en los ritmos,
que no altere lo grave y lo agudo,
de las pinceladas desérticas del recuerdo.

No hay música,
sin sonidos y sin acordes,
de historias a contratiempo.



Tal vez



Tal vez, será mejor, que con el paso del tiempo,
sus alicaídos ojos recobren la luz.
Y que la oscuridad del silencio de sus cabellos,
desgarre los siniestros laberintos de los pájaros.

Tal vez, será mejor, que sus cuerpos permanezcan,
con una señal, en la cúspide del paraíso.
Y que amanezcan a las claras del día,
cuando se pierdan en el ocaso de lo oscuro.

Tal vez, será mejor, que fluyan desde las tumbas,
las almas que sesgaron desnudas en el alba.
Señores de libertades rotas; campanas anheladas,
tricolor de esperanzas y mástiles huérfanos.



Entre la sombra



Agazapados detrás de las trincheras,
se encontraban sin hacer ruido entre la sombra;
hechos que perduran de forma indefinida,
y que serán desempolvados por la memoria.

Sumidos en lo sucesos del pasado,
recordando el aroma de sus bosques;
sin acentuar en las astillas de las llagas,
con palabras desbocadas en el limbo.

Sus miradas emitían conscientes sonidos,
por los sucesos mágicos que revelábamos.
Historia de moho y musgos,
construida con la libertad de la mar.



Sin tachaduras



En la oscuridad de mis noches,
y en lo claro de mis ideas.
Despliego la artillería de mis sentimientos,
ante un folio blanco y sin márgenes;
después de que su cautiva carne se deslizara,
cayendo a ladridos, los gemidos de mis dedos.
Habiéndose roto mis canas en la almohada,
al dejar su perfume quebrado al viento.

Silueta perdida en las primaveras de los años,
olfateando sus pechos a versos anónimos.
Reluciendo la agonía de mis deseos,
al anhelar que perdure entre mis brazos.



Tu nombre



Escribí en la tierra de tu tumba,
con el tallo de una rosa,
tu nombre con mi sangre,
y mis lágrimas derrumbándose.


¡Cuántos latidos noto!

¡Cuántas esperanzas truncadas!

¡Cuántos recuerdos abiertos!

¡Maldita madrugada de aquel verano!



Cenizas esparcidas



La levadura armamentista se excitaba en las ascuas,
enmudeciendo las cáscaras de los agrios tanques,
cuando prorrumpieron cañonazos asesinos,
sonando a funeral los ecos del piano.

No esparcieron mis impulsos sus cenizas,
cuando soldados alimentaban la barbarie,
con armas que impedían ver las heridas,
desde sus turbias mentes opacas.

Muriéndose ella de dolor,
al no querer marcharse con ansias de volver,
al quedarse para sanar mi tristeza,
por haber fijado sus arrasados ojos en el lecho,
hasta que los monaguillos de la iglesia se beban el cáliz.



Bahía de las bahías



Oh, delicada brisa, de olas de la Bahía.
Oh, hermosa flor, con tus raíces frescas.
Oh, torrenciales vientos, de estrechos y mares.
Oh, soledad despierta, con el llanto de sueños.
Oh, marinera viuda, de barcos de pesca.
Oh, alondra envenenada, por chimeneas y vertidos.
Oh, rinconcillo de palmeras, dunas y río.
Oh, agua viva, contaminada y enferma.
Oh, novia del sol, de lunas y sombras.
Oh, sultana, abandonada y triste.
Oh, perla desteñida, muda y ciega.
Oh, amarillo, rojo y morado.
Oh, Bahía de Algeciras.
Oh, tus silencios.



La llamada



En lo incierto de la tarde,
sonaba el telefonillo.
Y sin que, las llamadas,
fueran las deseadas.


Ella,
cansada, inquieta e intranquila,
se acercó al balcón del miedo
y allí, aguardó a ser citada,
con las cancelas abiertas al abismo.


Al son de su impaciencia,
la sala permaneció sin luz,
hasta que a las dieciocho y cuarenta,
el suave timbre de voz de la enfermera,
citó su nombre tras la reja.


Me tocó –exclamó ella--,
y al encaminarse hasta el quirófano,
sus andares derramaron los miedos,
en el corto espacio recorrido.
No existiendo ni un guiño;
ni un beso y, ni un hasta pronto,
en su despedida misteriosa.



Amiga



Amiga.

Levántate y anda, después de que el dolor de tus
lágrimas, haya traspasado el umbral del sol,
al soportar en los pliegues de tu vientre,
a ratas sangrando su polen y su nácar.
Huyendo en oleadas hacia las fronteras
por si les arrancan la piel a jirones,
al segregar de sus colmillos rabia.

Amiga.

Levántate y camina lejos de carroñas hipócritas,
que son los que atacan a sus presas sin avisar,
abandonándolas en la desesperación.

Amiga.
Levántate y anda.



En el lecho



Ella,

permanecía en el lecho de mi jardín,
llegándole a sus honduras las saetas de mis cantes,
a través de las cuerdas vocales de violines y guitarras.
Quedándose alado su maduro cuerpo de mujer,
al encontrarse vestido por volcanes en erupción.
Desprendiendo, de las raíces de su fortaleza,
esencia de almendros florecidos.

Ella,

mariposa inmaculada,
que sobrevuela por los cimientos de mis muros,
inundando sus órganos mi hielo y mi escarcha,
con un tacto que alivia mis fatigas,
después de tantos días del año,
sin amamantarla por mi abstinencia.



Colores



Negro, azabache.

Blanco, rojizo.

Azul, lagrimoso.

Verde ceniza.



Precio oculto



Crecen aterridos escarabajos en la fina podredumbre,
buscando cieno desde sus arrimaderos,
al traspasar el rostro pelotero de sus ideas,
con cucharones dándose codazos.

Viejos sueños oxidados en los arrinconados caminos;
al cruzar sus mugres el puente, por cauces adversos.

Y sus muertos sollozándoles desde las tumbas,
por traicionar la dignidad de sus genes.

Mezquinos besugos que apestan,
por el precio oculto de sus poderes velados.

Camisas nuevas, vehículos blindados y escoltas.



Tu mar y mis ríos



Tu mar y mis ríos.

Mi mar de tus golpes.

Tempestades batientes.

Mis afluentes y tus charcos.

Tus olas y las mías.

Tu dictadura.

Mi democracia.



Recostado



Recostado sobre la calamina del cabezal de mi cama,
observé como el pomo de la puerta giró;
enmudeciendo mi garganta de impotencia,
al irrumpir mi columna vertebral de otra época.

Cada vez que se presenta ante mí,
desaguando pétalos de geranios amargos;
le brota la noche de nuestro último encuentro,
ahogándosele sus canos cabellos en las semillas.

Quedaron ancladas sus aspiraciones en la cerrazón,
del viejo caminar recorrido juntos,
cuando el repiqueteo de las campanas de su cuerpo,
le anunciaron la llegada del ocaso.



El jardinero




Permaneces en armarios polvorientos,
sin que percibas los sones de la trompeta,
cuando el jardinero con el himno de su manguera,
intenta saciar la sed de tus flores marchitas.

Regante de riegos, sin derramar ni gota,
con agua clara de manantiales.

Trasvase de poderes a sus canales;
océanos salados de lágrimas del pueblo,
y las hienas despedazando la paz.

Cárceles saturadas en las brumas,
con puertas sin cancelas, para los paseos del régimen.

Los pirómanos sin piedad con sus fuegos artificiales,
y el jardinero sofocándolos con su riego.



Mujer, de negra túnica



Mujer, de negra túnica y expresión latina,
bálsamo de añejos guiños escritos sin tinta.

Dos golpes de tus mohines,
hicieron que cerrara el telón del teatro,
al haberte marchado del escenario sin despedirte.

Siendo tan sentido lo que de ti aprecié,
que ya no estás ni cerca y ni lejos de mis corrientes.

Penetrando a través de los espíritus,
sólo el silencio de tus huecos andares.

Aunque muero por morirme, muriéndome muerto,
con tantos mentecatos en los despachos.

Sintiéndose incómodo, tu perro faldero,
al usar las enaguas de seda, no sólo en verano.


Mujer de negra túnica,
tus nieblas me ahuyentaron,
al no encajar entre tus colores,
el morado favorito de mi bandera.



Gota a gota



Da igual que sufran al decir adiós a los suyos,
a la hora prevista de la indiferencia,
cuando hurgan en la tenebrosidad de sus arrecifes
y los derriten en los desórdenes más espesos,
hasta que el sol aparezca y los tutele.


Da igual que la leche en polvo y el queso de bola,
los hábitos tradicionales del ejército y su construcciones,
hayan aromatizado la mar, la tierra y el campo,
con el vinagre que los amamantó al nacer.

Da igual y qué más da,
que le corten la respiración,
a la nata de sus recipientes agujereados.

Ya que da igual, que gota a gota,
recuerden su pasado y comprendan.

Que a todos no les da igual,
que, carnívoros aguiluchos,
sigan atravesando las entrañas de los pueblos,
al clavar sus afiladas aspas, en la democracia.



Vidrios quebrados



Su melodiosa voz me miró detenidamente,
tallándose en el rostro de mi pentagrama;
desgranando vidrios quebrados,
al no haber cicatrizado sus odios,
después de haber transcurrido el ciclo.

Sus cenizas se reflejan en lo árido,
cuando sus pechos endemoniados,
carecen de néctares de vida;
al descolgársele, enflaquecidos y anémicos,
después de que sus pezones acristalados,
amamantaran con masilla de su leche descafeinada,
a numerosas fieras salvajes en la orilla de los surcos,
cuando cabalgaban a lomos de equinos blindados,
tocando en los picaportes de las puertas,
solicitando la presencia del titular de las casas.

Llegándome el turno, al presentarse en la mía
con latidos, sin contemplaciones;
invitándome a defecar en las zahúrdas de sus ideas,
para después apretar el gatillo sin piedad;
atravesándome el plomo de sus vainas,
desde la nuca a la frente,
y rematándome en el suelo, con el tiro de gracia;
riéndose a carcajadas, al escuchar una jocosa voz
desde el pelotón de justicieros, que decía:

-- Uno menos.



La Tarde



La tarde caía envuelta en enigmas,
por las transfiguradas laderas de la mazmorra,
al permanecer encadenada entre sus rejas,
la deseosa libertad de madre.

Evaporándose su luminosidad;
yaciendo, ya finada,
por su honda espina oculta,
en la tenebrosidad del olvido.

Diario sueño de secuencias jadeadas,
postrados en sus cautivas orillas,
con sus voces de esperanzas borradas.

El azul de las monarquías,
y el nebuloso oscuro de sus mensajes.



Juncos en la ribera



Saciaron el cóndor vivo en la batalla de ambos,
cuando los susurros deambulaban rotos;
quedando huérfanos los juncos de sus riberas,
después de las convulsiones desdentadas,
de sus derruidos sables bélicos.

Luminosa intransparencia de convulsión constante,
creciendo, suspiro a suspiro, en continuos sucesos.

Los novios aplazaron la ceremonia y el banquete,
al encontrarse el pozo de sus amores vacíos,
tras un largo recorrido por diferentes derrotas,
con sus demonios silenciando los sueños,
en las enardecidas enaguas de amapolas.



Sombrilla



No era escarcha sino romero,
lo que bañaba las aguas de sus poros,
cuando tumbada en la rubia arena de la cala,
el romper del aura a ritmo acompasado,
ahuecaba sus ronquidos en balcones a lascas,
dibujando barcos veleros en la calima,
al ser anegados por los suspiros de las rocas.


Y al percibir el vuelo rasante,
del pubis desnudo de una joven sirena,
despertó el rugir de su cuerpo dormido,
acariciando la espalda con su mano izquierda,
alertando con una falsa alarma a las aves,
cuando estaba bronceando su tacto,
y el resto del cuerpo prendía bajo la sombrilla.



Silencio




Silencio.

Silencio bajo los cristales ahumados de sus gafas,
con patillas recicladas con desechos,
al esconderse el busto de sus ojos,
en la recorrida pasarela de su presencia.

Le cambió la voz,
al divisar a lo lejos,
al albor del alba;
regresando en el tren de la muerte,
con cadáveres surgiendo de los sueños.

Silencio.

Silencio, en los andenes de la estación final,
temblando la tierra al detenerse los vagones;
retorciéndose los raíles como serpientes,
al reptar entre jaramagos.

Silencio.

Sus silencios.



Héroes tumbados



Los vecinos del pueblo se manifestaron,
en la plaza más importante, para que, a cada
familia, le devolvieran a sus héroes tumbados.
Y tú, mientras la urbe solidaria, obrera y campesina,
desprendía jazmines con sus lágrimas envueltas en corales,
permanecías frío como el mármol,
al dinamitar de tus venas heridas
--el dolor de un toro bravo,
al ser estoqueado en el infinito--.

Debiéndote arrodillar ante ellos,
al existir secciones de mensajeros
picoteando en las heridas,
con sus guadañas de finas cuchillas,
seccionando la hierba mojada,
para dar de comer a sumisos del bando,
en la purga medicinal de innobles enfermos.



Termitas



Insípida madera carcomida,
con sus excavaciones llevadas a cabo,
por termitas vengadoras y ciegas.

Ríos, charcas y pozas estancadas,
en los nublos que subyacen,
en los hombres identificados o indocumentados.

Verde superficial y negro interno profundo,
al portar negruzcos ecos de resarcimientos.

Margaritas amarillas y anaranjadas,
de caudal de esencias naturales,
que alimentan a insectos con sus pétalos
y con terrones de azúcar morena de caña.

Enmudeciendo el silencio con sus ráfagas,
sin que la razón los pudiera frenar,
al sentenciar con sandalias de cuero,
y los otros, sangrando desnudos.



Partida de ajedrez



Si tú no luchas solo,
ellos te apuntalan con el salto de sus fichas.

Si tú no sufres caminando,
ellos te sangran la miel de tus venas y
te vencen al rematarte en las cunetas;
dejándote sin mar, sin sol y sin sales.


Y solo tú.

Solo tú,

puedes salir victorioso ante los peones,

de la partida de ajedrez que juegas sin damas.



Raíces



Quisiera, que me envolviera, sin temores,
el almidón intransparente,
de la selva vacía de sus ojos,
cuando serpentee entre la arboleda,
sus resentimientos agónicos,
en la preciada hiel de hedor,
que los ilumina en las degradaciones.

Y que los altares de los oratorios de catedrales,
se resquebrajen, con sus fieles al movimiento,
al brotarles sangre amarga de los capiruchos
de levitas de cartón de piedra.

Con cien pecados y sin ellos,
brotados de sus cepas.



Todo



Y si todo está distante,

todo está lejano.


Todo, más que un todo,

se presentó ante mi,

en lo gris de una noche de otoño.


Y todo ya, tan cercano;

todos los recuerdos.


Todo.



Pensaba


No sé ni lo que siento,
porque me inundan sus alas
y su sincero volar,
por mis calles abiertas.


José Salguero Duarte



Pensaba,
que navegando por los sueños,
de tus calles raídas,
la sombra del silencio,
permanecería congelada,
en el hielo del invierno.

Y hoy, a mí más de medio siglo,
al reverdecer en la primavera los recuerdos,
me llevas a meditar de la mano,
transitando de una a otra época
sin parpadear, al rescatar la música lejana.


A Juan Martínez Andújar
Caballero de la Libertad







Carta a Juan Martínez Andújar


A las 5 de la madrugada del martes 16 de mayo de 2006. A mí más que amigo, Juan Martínez Andújar, comencé a escribir estas letras, con los lagrimales de los ojos empapados, al encontrarse postrado en el ocaso de su alba, en la habitación 445 del Hospital de la Cruz Roja de Algeciras. La muerte llamó a su puerta, para llevárselo de viaje sin retorno alguno. Y cuando despuntaba el nuevo día en mi medio siglo de vida y un anochecer en su casi centenario. Sus quejidos aporreaban mis pensamientos, agarrándose a esta vida a pesar de lo que le hizo sufrir y padecer a lo largo de su existencia.

Estimado, Juan:
No sé ni lo que siento en estos momentos,
porque me inundan sus alas y su sincero
volar por mis calles abiertas.
Es tan bello el amor y el respeto
que le profeso en esta corta
y distante presencia,
que no he podido conciliar el sueño.
Pero desperté con resaca, tan borracho de beberlo, después de nuestra sana amistad sin interés alguno durante el caminar que hicimos juntos. Y aquí me encuentro, yaciendo vivo en esta jungla de burros pajizos revueltos y disueltos caminando por la izquierda. Ya que el mulo terco del pensar que muchos de ellos, llevan incrustado en sus almas, no les deja ver la claridad del alba, de tanta paja y alfalfa.
Le diré, que tengo que recurrir, a mi libro de poemas: Cuando respira el mar, para recordar algunos pasajes que escribí en su día, para oxigenar mi mente totalmente hueca, muda y ciega.
Ya que, siento el sentir, de lo que usted
siente en estos minutos vitales.
Pero nada me gustaría sentir,
de lo que usted está sintiendo. En esas miradas que nos cruzamos con mucha verdad hace unas horas. Pidiéndome en las mismas, que le ayudara desde su lento latir. Porque:
La hierba crece, crece la hierba
en el cementerio viejo.
Y miro voces escritas,
con llantos sobre los nichos,
al no caber tantos recuerdos
en muñones de palabras.
Son lágrimas que se rompen,
al entrar en mi memoria.
Amargo dulzor, nostalgia,
solitario cementerio.

Juan, al usted alejarse como los veleros de la Bahía de Algeciras, rumbo a un puerto desconocido. Llega la noche para mí, y todas las luces de mi vida se oscurecen, al encontrarse almas desgarradas y horizontes muertos. Y en mi pensar hay santos en las cárceles, pasando hambre el poeta sin luz en las tinieblas; ladrones de guante blanco, rodeados de riquezas.
Lloran niños asustados, la guerra subterránea
los amenazan. Armas de gran destrucción,
excusas de genocidas.
Lágrimas del poeta, alegrías de penas.
Rocío de lunas frías, madrugada en tinieblas.
Sacerdotes en el armario, carceleros por las calles.
Bulerías mortuorias, cabras en el monte.
Escaleras sin peldaños, comida de perros.
Celda aislada, ojos amoratados.
Quejidos, lamentos, manguera, agua fría,
palizas. Reglamento en el cuarto negro,
y somier en los huesos.
Ventanas taponadas, grilletes, camastro,
tundas, repasos; sarna, bilis, maldades,
manos manchadas.

Condes en hotel con rejas;
roldes con las riendas sueltas.

Libertad sin libertinaje; pagarán,
paciencia, tiempo.

Suiza, Gibraltar, primates, mochilas,
maletines y bancos de pesca.

El tren, ese tren, Juan, de la esencia de la vida que lo transporta en contra de su voluntad, azota mis pensamientos. Porque ese tren se ha llevado de mi mente su jardín de flores y mis ansias de lucha. Pero llegará Juan. Llegará esa noche y todas las luces negras se iluminarán. Porque la locomotora de su caminar cerca de un siglo, dejó buenas obras tanto humanas como políticas, en el huerto de los silencios. Y brotarán por el bien de la humanidad, las semillas sembradas con sus manos arrugadas y vistiendo su única camisa.
Los que hemos tenido la inmensa fortuna de estar cerca de usted, sabemos que es un buen hombre; un hombre bueno, merecedor de un reconocimiento nacional e internacional a la concordia. Al haber hecho más que méritos suficientes. Porque pasó por campos de concentraciones sanguinarios y terroríficos. Y el actual estado democrático, está en deudas con usted, por lo mucho y bueno que hizo para conseguirse las actuales libertades en España.

José Salguero Duarte
Mayo 2006








Catorce de abril



Catorce de abril, un día del año.

Catorce de abril, blanco o negro.

Catorce de abril, martes o miércoles.

Catorce de abril, dulce veneno.

Catorce de abril, su cumpleaños.

Catorce de abril, el gran recuerdo.

Catorce de abril, sólo un deseo.

Catorce de abril, republicano.



No lloro porque me muero


A ti..............


No lloro porque me muero,
sino porque te quedas sola,
derramando lágrimas de perlas,
con el reloj parándose y mis vivos sentidos..

Tus ojos tristes y los míos agonizan,
envueltos en la piel de la muerte;
en esas noches postradas a los pies de la cama,
cuando mi luz, mi sombra y mi sino se extinguen.

Reina del largo Estrecho, bahía de mis pasiones;
deseo de pescadores furtivos, ricos y nobles;
soñaré al dejar de verte, --ángel de alas blancas--,
al adentrarte sin miedo en las olas.

No lloro porque me muero,
sino porque te quedas sola.



Plaza Mayor



Aprieta el sol en la playa,
de la plaza mayor de tus calles.

Y mientras, los temblores del invierno,
se alejan perdidos en el tiempo.

Descansando entre las nubes,
contemplaba a las chimeneas de las casas,
mudas, afónicas y ciegas.

Y quisiera, que desde su calma,
el blanco manantial del deshielo,
aclare la brea de mi esencia,
que permanece tiznada por los años,
transcurridos desde que nací
en la cesta de mimbre;
hasta que arribé a la orilla de tus mareas.


Este poema


A las once victimas, del retén de Cogolludo (Guadalajara),
en el incendio del 17 julio 2005



Este poema.
Este poema desconocido para vosotros,
es fruto de las llamas quemadas
en el horno del tajo,
en una emboscada tatuada a zarpazos.

Este poema.
Este poema, ha sido avivado por ráfagas de viento,
dejando la barbacoa en la brasa negros rescoldos.

Este poema.
Este poema de pésames llegados,
de no sé qué sitios, impregnados con agua
bautismal azul del bebé recién nacido,
procede de cuna de linajes.

Este poema.
Este poema, de bribones navegando
por mansas aguas mediterráneas,
es todo un poema.
La piel de toro de este poema,
es todo un poema con cuernos,
arrasado y frito por su sombra.

¡Tremendo poema!



Creía



Creía,
que en los rincones muertos de la tierra,
sonaban a tiempo, nuevas campanas;
entre verdes atajos y laderas;
entre sierras jóvenes y viejas;
entre tus cumbres y mis montes;
entre mis cordilleras y tus picos;
entre tus serranías y mis macizos;
entre mi creer y el tuyo.




Camino pedregoso



Las corrientes del Estrecho, su mar y sus olas,
caminos pedregosos de alambres y espinos;
patrulleras alertadas desde las orillas.


Barcos de guerra y pateras desgranando ilusiones;
unas con rumbo fijo y otras perdidas en la niebla.

Yo me iré mientras tú arribas,
calado hasta la memoria.


Un beso; bien venido,
otros murieron en el intento.



Nostalgia



Calma en los adoquinados bancos
y paciencia en los locutorios del pueblo,
cuando personas de edad madura,
con cigarros en los labios,
cubriéndose el entendimiento con boinas,
y con sus dedos sujetando las cachabas,
se cuentan mil y una anécdotas,
ligeros de esperanza. Invadiéndoles
un frío siberiano, al resquebrajarse
la paz de sus años, al sentir en esas charlas,
nostalgia de su pasado roto.



Tu lucha



Te habían apuntalado, al timón de la ceguera,
las miradas astutas del bando poderoso.

No sospechando, de la trama que llevaron a cabo,
los submarinos ocultos de los hostiles.

La cruzada, engendrada por las agonías del odio,
en la guerra que te declararon,
cuando permanecías inmóvil.

Percibiéndose tú lucha con el rocío;
apagándose el resplandor a ellos,
por el escalofriante valor,
que desplegaste en la contienda.



A la hora prevista




Los verdugos cantaron sin voces,
mientras lloros profundos fluían del ocaso de almas,
al aproximarse el día marcado,
para que el pelotón del regimiento ejecutara de nuevo.

Las luces se apagaron y el despertador hizo su recorrido
hasta la hora prevista. Y ya tenían preparada la silla y el garrote.

Se oyeron marciales pasos acercarse a una celda,
en el silencio sepulcral existente en la galería.

Los presos, contemplaban con espejos,
al detenerse el desfile en la número catorce.
Respirando profundamente de alivio,
al sacar el carcelero un muñón de llaves,
seleccionando la titular de esa puerta corroída.

Siendo tres los internos que permanecían en ella;
sacándolos de paseo derechito y en silencio.

Sonando una sincera ovación,
cuando una voz gritó al otro lado de las rejas:

--Compañeros, hasta en la muerte--.



Horror entre hermanos



Si tu muerte fue motivada por defender
tu sentir y pensar hasta las últimas palpitaciones.
Yo quiero morir por tu causa y lo haré
luchando con el punto de mira de mi pluma.

Y dispararé el gatillo con océanos, mares y
ríos de tinta, escribiendo versos, poemas y relatos.

Porque después de setenta y cinco lunas,
con sus días estrellándose; aún salpica el horror
de los rostros de familias, allegados y amigos,
de miles y miles de seres humanos.

Ajusticiados.

Paralizándose la dignidad de los pueblos,
al imponer el otro bando la fuerza de sus armas,
sin haber cancelado desde entonces,
la caza del contrario ideológico.

Si tu muerte fue motivada por rencor y venganza
de los que caminan cerca del abismo,
lucharé a través del dialogo,
que es otra de mis armas;
sin mirar a derecha e izquierda, atrás o adelante.

Y caminaré despojándome durante el trayecto,
de los que, en su aseo personal,
no respeten la fragancia de camisas viejas.

Cuando las de ellos son inexpresivas,
debido al compuesto de sus hornadas.

Y algún día derrotaré a los traidores,
que permanecen en cómodos nombramientos.
Surgiendo, cuando eso ocurra, en la fotografía
de mi diario, los que yacieron de forma vitalicia,
al haber cambiado el matiz de sus genes maternos.



Atentados



Atentados, en autobuses.

Atentados, en cuarteles.

Atentados, en comercios.

Atentados, en colegios.

Atentados, de la Iglesia.

Atentados, en aeronaves.

Atentados, en hospitales.

Atentados, en mercados.

Atentados, en las torres.


Todos son atentados gemelos;

hasta los atentados procedentes,

de servicios secretos

y pulcros despachos.



Flor menguando



Sé de ti, sin conocerte,
allá donde te halles,
postrada en el algodón de tus altares,
siendo asistida, en la distancia,
por los tentáculos de tus semillas,
esparcidas en un río de escaso caudal
y manantial poroso,
con añil fosforescencia
de tu flor menguando;
y la mía floreciendo.



Primer sorbo



Con el peso de la ley, cubierta de muerte
en la obsesionada oscuridad del inhumano genocidio.
Lo sepultaron en la honda tierra,
silenciando sus esperanzas,
para que no creciera y, encubrir
los horrores del holocausto.


A la mañana siguiente del abnegado
trabajo, bajo las órdenes de figuras
cavernícolas, acosando a los jabalíes,
se les calcinó en el primer sorbo,
las rugosidades de sus gargantas curtidas.
Brotándoles lagrimones, tiznados de pus,
por la explosión de su destino labrado.



Las olas



Se me paralizaron los vientos y los mares
al deshilacharse los sones del oboe,
cuando llegaste a mi orilla,
mordiendo a mis labios tus pasiones
abrasantes de mujer enlutada.

Envolviéndome tus olas, sin límites;
al regalármelas con el verdor de tus algas,
en el árido territorio de versos
de las profundidades marinas.


Estrella estéril y fértil en el atolladero
altivo a los pies del poder.
Siniestro silencio en los pasajes de los libros,
narrados por bufones con lenguaje tosco.



Sal Rocosa



Expuesta, desnuda,
se encontraba la dama
sobre la sombra del cielo,
leyendo su historia
de sal dulce.

Y a lo lejos,
muy a lo lejos
-entre sus páginas-
observó a un pez sin espada,
despojándose de la funda.

Y un buitre leonado,
después de remontar vuelo
en la cúspide del caos,
se llevó a sus crías
hasta el cementerio viejo,
montando guardia nada más alcanzar
con sus alas el nido.
Por si el séptimo y su caballería,
arrasaban los nichos cubiertos con flores.



Agua




Agua.

Charca de agua y remolinos de ira.
Tierra mojada, farolas sin luces.
Tu boca sedienta y serena.
Y mis poros gimoteando diluvios.

Agua.

Agua salada, tus lágrimas.
Agua dulce, tus sonrisas.
Agua turbia, tus enfados.
Agua hirviendo, tus llamaradas.

Agua.

Agua y más agua.
Las que fluyen del manantial
de tus doloridas heridas,
surtiendo a los cadáveres
en los aposentos del cargo.

Agua.



El día anterior




En el día anterior a mi cumpleaños,
discurría una mujer envuelta en seda
y otra en terciopelo sin paño.

Montaña escabrosa y sus laderas,
cabalgando a trote sobre el piélago,
al sentir sus piernas moverse.

Y de las siluetas de óvulos de codornices,
prorrumpían polluelos sobre los huevos quebrados,
cacareando, repetidas veces,
al sentirse huérfanos, después del día anterior.




Malow



Atrás quedaron, para ti,
las paredes húmedas
de la casa vieja;
oliendo sus techos a cal mojada,
y las tuberías al límite de su resistencia
que anegaban las viviendas colindantes.

Atrás quedaron, para ti,
una escalera de mármol,
con pasamanos gastados
y una puerta enrejada
impregnada de orines de gatos callejeros.

En la tarde del cinco de septiembre,
te hice la primera visita a tu nueva residencia;
desprendiendo azahares de tu mirada,
al disfrutar de un hermoso patio,
con un naranjo en el centro.

Estabas exhausto, saboreando los ecos
de los poemas que te recitaron en las primeras luces.
Dejando de rezar la gallina de la acera de enfrente,
cuando le llegó la onda de tu baptisterio,
el romper de las olas del malecón de Cádiz,
un ramo de flores al mar
con un verso de ambos.

¡Vivan los novios!

Que se besen.



Miedo, temor y pánico



Sentí miedo al traspasar el umbral de la libertad,
nada más subir los escalones de la puerta principal
y encontrarme en la helada sala de espera,
para ser reconocido por el facultativo de guardia,
el que ante mi sorpresa, lucía un recién
estrenado uniforme. Pero desgraciadamente
para la sociedad, en escasos segundos reverdecieron
algunas grises huellas de la corporación y las de los
distintos pacientes a la otra orilla de la acera.

Sentí ese miedo olvidado después de muchos años,
cuando era provocado por las injusticias sociales.

Sentí ese miedo irremediable, cuando la sombra
de las yemas de los dedos de la secretaria,
tecleaba imperfectamente, cuando con nombre
y dos apellidos me planté ante ella, para que comenzara
la primera escena con la declaración de hechos,
al objeto de rellenar el formulario oficial o ficha médica.

Sentí miedo y gran escalofrío por mi cuerpo,
al no existir privacidad cuando ambos,
-no haciendo el amor y ni tampoco la guerra-,
sino cuando me encontraba contestando
las preguntas que me hacía, muchos de sus compañeros,
al encontrarse el despacho abierto de par en par,
entraban y salían con las orejas tiesas para pescar
y enterarse de lo que declarada impotentemente,
ante las fuerzas armadas de mis órganos.

Sentí ese miedo que creía haber superado
con el paso de los años, pero lo llevaba incrustado
en mí ser, como los toros bravos la raza, bravura y casta.
Habiendo aflorado bruscamente, como el ocaso en mi alba
escribiendo prosa y poemas.

¡Malditas sean los minutos, en los que decidí dar el paso!,
porque brotó inmediatamente,
el reconocimiento médico que superé,
poco antes de que asesinaran a Carrero Blanco.

Por entonces, yo pastoreaba algunos rebaños
en el término municipal de Algeciras.
Pero ellos eran pastores antes.
Y, actualmente, en la democracia,
muchos con pensamientos de cuerpos polígamos,
son inflexibles ante la inexistente
templaza de sus obtusas y corroídas mentes,
al no haberse reciclados acorde con los tiempos.

Sentí mucho miedo, cuando firmé el formulario
y después el inspector del tribunal, hizo lo propio,
dejando su garabato para dar fe certificada.

Sentí más miedo, porque así me encontré después
de salir camino de la luz, en mi primer contacto
con el equipo correspondiente que estaba revisando mi caso.

Pero mucho más miedo sentí cuando acudí por segunda vez.
Y ya eran tres prendas, los que me apuntaban
con sus bisturís en una caverna del sótano,
sin haberse leído el historial clínico.
Y, mecánicamente, querían recetar a su libre albedrío
sin oscultarme debidamente, de acuerdo con las pruebas
que les presentaba.

Sentí mucho miedo, debido a que el Cuerpo
me lo ha dado todo. Pero tuvo que sobreponerse
con la serenidad de la sapiencia adquirida
en libros y en trucos leídos. Para que el engranaje,
funcionara perfectamente a mí alrededor, sin
que se extralimitaran en su inmaculada profesión.

Ya que, desde que tuve conocimiento,
de la realidad existente de mi estado,
lo cuidé con abnegación y respeto;
velando siempre por su integridad física y moral.

Porque con la salud no se juega; aunque para ellos,
sea un caso más a resolver.

Pero para mí, es el más importante.



Ellos




Ellos,

son los que son,
y siguen siendo los que fueron.


Fueron,
son,
y
serán.


Fanáticos,
grupos
innobles.



Cosecha



Fandangos, saetas y tientos,
salían de sus gargantas,
según la época del año.

Utilizando de micrófono,
en la comisura de sus labios,
un cigarrillo de picadura,
cuando regresaban a casa,
después de una nueva jornada,
de sol a sol, trabajando en los campos.

Trabadas en las eras,
dejaron al trigo y a la bestias;
las espigas esparcidas,
y los sacos amontonados.
Para que los ratones en sus confusiones,
no saciaran su hambruna.



A la cárcel




A la cárcel, dentro de la cárcel;
en las profundidades de la cárcel,
entre cuatro paredes de dos por tres metros.

Un camastro, un rollo de papel higiénico,
una taza de retrete, un crucifijo,
y las estampas de sus imágenes.


La puerta de sus celdas
herméticamente cerrada
y las chinches a su aire.


Lágrimas de arrepentimientos;
ya es tarde.

Que se pudran.



Sus manos



Sus manos.

Sus manos entre todas,
entre todas las manos manchadas,
con el devorador ritmo de sus danzas
y los vellos rellenos de estrías,
teñidas con racimos de polen
ocultos de mustios harapos.


Sus manos.

Sus manos que fueron las que maltrataron,
a parejas de esquirlas florecidas,
en los viajes recorridos por la oquedad,
de sus escombros añejos.


Sus manos.

Sus dos manos con cinco dedos cada una,
con sus espigas rugosas y enfermas,
zumbando el tacto de sus corazones,
hacia la hojarasca de los difuntos.


Sus manos.

Sus manos ardiéndoles, de sus lluvias de otoño,
inéditos lloros, abominables,
cuando emerge la maldad de sus fuegos.


Sus manos.

Sus dos manos manchadas,
y sin que los blancos guantes,
puedan hacer desaparecer sus delitos.


Sus manos.

Sus dos manos.



Sangre





Sangre,

mucha sangre,

más coronas;

otro velatorio.


Ceremonia religiosa;

más viudas,

muchos huérfanos.


¡Qué pena!



Tanatorio



El tanatorio está enclavado,
donde en otras épocas,
se reunían los juerguistas,
alrededor de copas, cartas y damas
que fumaban tabaco y hablaban de forma alegre.

En este tanatorio, un día, hicieron acto
de presencia autoridades políticas y militares;
sentándose, codo a codo, en la capilla,
al asistir a la ceremonia religiosa.

Latiéndome el corazón al tener al difunto
al otro lado de la sala, con los ojos cerrados
y vistiendo uniforme nuevo,
con sus condecoraciones en las hombreras.

Y al ser su muerte confusa,
después del recorrido por su pasado.
Cuatros soldados lo llevaron a hombros,
siendo recibido, en la puerta del templo
con honores de gracia por el cura castrense.
El que en la homilía alabó y exaltó sus miserias.
Penetrándome sus amargas palabras,
a través de los instrumentos de la banda de música,
que amenizaba el funeral, interpretando marchas
fúnebres con sonidos patéticos.

Disparos de salva, hacia el azul de los cielos,
ahuyentaron a cigüeñas y palomas,
abandonando el campanario.

Y los vecinos del pueblo,
debido al calor sofocante,
permanecían en sus viviendas,
viendo desfilar tras las mirillas,
a los hijos con sus madres,
camino del crematorio.



La viuda



Ella, vestida con riguroso luto,
adornándolo con complementos
de mantillas, rosario y peineta.

Y sus hijos con elegantes trajes,
acompañados por sus novias.

Quedándoles una soldada vitalicia
con tratamiento de excelencia.

Los municipios en quiebras,
y gran parte de la población, pasando sed.



Homenaje



No habían transcurrido,
ni tres semanas con sus días y noches.
Desde que el bárbaro verdugo,
dejara de dar la última
calada a su enorme habano.
Cuando, un grupo de amigos ideológicos,
le tributaron un sentido homenaje,
colocándole una placa de cerámica;
en la parte superior de la ventana
rejada de la fachada de su casa,
por la gran labor llevada a cabo en el servicio.

Un joven voceras, engominado,
hizo de maestro de ceremonia;
leyendo a los asistentes,
los telegramas recibidos,
demostrando sus condolencias.

El presentador del acto,
trepador de entre los trepadores,
camina, a sus pocos más de veinte años,
perdido por distintos senderos,
carente de los elementos esenciales,
para llegar sólo con su don.

Y después, pocos minutos después
de haber iniciado su disertación,
le cedió el uso de la palabra
al teniente de alcalde,
quien babeaba tras el atril,
al halagar, con su gubernamental lenguaje,
al general que presidía el acto,
el que llegado el momento,
tiraría de la cinta de la bandera,
para descubrir la obra de arte.

Momento cumbre,
cuando soldados saludaban,
rindiéndoles armas.

Y el cura con la cruz de su señal,
bendijo a los presentes.



Esquela mortuoria



Al día siguiente,
salió publicada una esquela mortuoria,
en los medios de comunicación de la comarca;
con la luz del faro en el área del sur de Europa.
Habiendo sido remitida por el gabinete de
prensa, del Gobierno Militar de zona,
en la que se leía:

“El general falleció a las trece horas,
al derrumbarse la placa sobre
su cabeza cubierta con la gorra de plato,
muriendo en acto de servicio”.


--Descanse en paz su eterna alma.


Le deseo--



El barco



¡Ya llega el barco!
El barco atracó en puerto,
ondeando una blanca bandera
anudada con gruesa soga.

Atrás quedaron las persecuciones y exilios,
después de tanta lucha, para concienciar
a los impostores.



Latidos




Poesías de tus labios.

Y de las caricias, versos.


Andares silenciosos;

voces, lloran, desgarradas.


La sombra de tu aroma,

planeando por mi espíritu.


Y supuran mis heridas,

al percibir los latidos.



Sueños



Viajé por los versos y poemas de tus páginas,
abrigado por el goteo de tus vaivenes.
Cambiando el periodo de mi estado,
sintiéndome cómodo en cada instante,
al contemplar, alrededor de una lumbre,
los atardeceres de playas salvajes.

Noches de lunas y sin ellas,
y muchas de las maravillas que nos ofrece,
el entorno natural del sur del continente.
Siendo tan grande lo que recibí
de ti, sin nada a cambio,
que no necesité satisfacciones cultivadas,
para sobreponerme al desfallecimiento.
Porque me encontraba impregnado
del torrente que me proporcionaste
con las yemas de tus meñiques,
con las caricias de tus hebras,
con los quejidos de tus sollozos,
con la profundidad de tu atisbo,
con el aroma de tu entidad
y con el palpar de tus arrumacos.

Viajamos en cajas, baúles, maletas,
en porta equipajes, jaulas,
automóviles, barcos y pateras.
Unas veces era yo el guía,
pero siempre eras la que iluminaba el camino,
con un latir de tu ondear que llegaba siempre
como un repiqueteo dinámico, haciéndome sentir
los acordes musicales del Bolero de Ravel,
desenmascarando a los angelitos negros.

A través de tus oleajes al viento,
contemplé campos de trigales, teatros romanos,
fincas de girasoles, el desierto del Sahara anegado;
el Guadalquivir, Córdoba, álamos, Ronda.

Soportamos la lluvia y la nieve,
secándonos cerca de la chimenea,
leyéndome estrofas. Y yo, mientras,
acariciaba a Wendi, que dormitaba.

Tus sentidos penetraban en los míos,
y los vellos se me erizaban,
teniendo que realizar pausas silenciosas,
después de años sin percibir esas sacudidas.

Si tuvimos sed bebimos del mismo vaso,
y comimos del mismo plato.
Necesité secar las lágrimas de tus deseos,
y contener la alegría que rebosaba tu estado,
al sentirte libre después de muchos años enlutado.

Soportaste una cruz que a punto estuvo de sucumbirte;
pero te has despojado de ella, regándola con el aroma
desprendido de azahares que dieron su vida por ti;
cantando los pródigos al relinche de cartujanos,
ahora que pisas descalza en tu nueva andadura.

Te estremeciste al estar cerca del cielo,
después de haber tocado las estrellas,
en los viajes que soñaste
en noches de incertidumbres.

Todos los viajes comienzan y finalizan;
el nuestro se inició en una noche radiante,
encontrándonos en las primeras horas del regreso.

Durante la travesía de este deseado periplo,
tenía abrazada la piel de tu género.
El camarote estaba en penumbras y
nos reclinamos con las miradas disipadas;
acariciándome los laureles de las manos,
con el tacto de seda que envolvía tus lienzos,
enumerándome las felicidades y calamidades;
y profundizando en las llagas de las heridas.

Afortunadamente, la mar habitaba en calma
y la travesía la realizamos sin sorpresas.
Nuestros cuerpos disfrutaban de almíbares,
al llegar por primera vez al ancladero.
Teniendo que dominar el fuego de tu cuerpo,
que había sido provocado por la convulsión
que sentías con las aclamaciones de aceptación.
Cuando el jefe de plaza, hizo sonar los llamadores,
y la población se rindió a tus pies,
al ser depositada en una bandeja,
descendiendo de los peldaños del recorrido,
para ser enarbolada de nuevo,
en el lugar que te corresponde en la historia.



Doce campanadas, doce puñaladas
(Logroño campanadas 2002-2003)




1-No, a la explotación y abusos de menores
-(Son almas inocentes, para sufrir esclavitudes)


2-No, al terrorismo de diferentes signos
-(El pueblo, lo suplica a gritos)


3-No, a la cultura del pelotazo
-(El pueblo debe leer libros e instruirse)


4-No, a las agresiones y malos tratos a mujeres
-(Ellas son las que alumbran vida)


5-No, a la tiranía política
-(Menos mentira y más verdad en esta bendita Tierra)


6-No, a los atentados contra el medio ambiente
-(Debemos cuidar el Planeta)


7-No, a los sin techos y sin trabajo
-(Todos tenemos derecho a un puesto de trabajo y a una vivienda digna)

8-No más, muertes, en el Estrecho
-(El mundo fue creado sin fronteras, derrumbar las que habéis impuesto)


9-No, a la injusta distribución de la riqueza
-(Todos tenemos derecho a la justa distribución)


10-No, a los paraísos fiscales
-(Salven a vidas inocentes que diariamente mueren hambrientos)


11-No, a la mala aplicación de las leyes
-(Todos somos iguales, nada de privilegios)


12-No a la represión contra la libertad de expresión
-(Una sociedad callada, es una sociedad muerta y sin vida)


Este libro, se terminó de imprimir
en los talleres de Tipografía Mazuelos
de Algeciras, el 12 de octubre ded 2006







El poemario fue presentado,por el diputado de Izquierda Unida Antonio Romero,el 3 de noviembre de 2006 en la Fundación de Cultura José Luis Cano de Algeciras.

Cuando Respira el mar, poemario de José Salguero Duarte




Autor: José Salguero Duarte
© José Salguero Duarte
© Fotografías: José Salguero Duarte



© Prólogos: Domingo F. Faílde y Dolors Alberola
© Contraportada: Dolors Alberola
© Dibujo de José Salguero Duarte: J. Zahara

Edita: José Salguero Duarte
Apartado de correos 1106
11201 Algeciras (Cádiz)
Andalucía /España/


Diseño, ilustraciones y maquetación: José Salguero Duarte


Depósito legal: CA-75/05
I. S. B. N.: 84-609-4166-3

Imprime: Tipografía A. Mazuelos S. L.
Telf.: 956-634864
Algeciras
(Cádiz)



PRÓLOGOS




GENIO Y FIGURA



Corría el año de gracia 2002 cuando vi por primera vez a José Salguero. El instante, no puedo precisarlo. Tuvo que ser, por fuerza, una de esas mañanas sabatinas y, por tanto, sabáticas, en las que acostumbraba, pluma en ristre y café, a sentarme en mi mesa del Cabsy’s, a ver tras los cristales cómo corría la vida por las calles de la ciudad o la bizarra lluvia echaba sus cortinas. Siempre era así Algeciras, desmedida e imprevisible, con un toque estridente de algarabía que recordaba su pasado árabe y estimulaba la imaginación. Allí, envuelto en un paréntesis de bruma, náufrago –como tantos- de sí mismo, había recalado ese hombre enjuto y estrafalario, que concitaba todas las miradas y suscitaba todos los comentarios de quienes lo veían a cualquier hora, a veces embutido en pulcros trajes y, a veces, las más, con pantalones anchos de algodón y blancas semitúnicas, cubierta la cabeza con un amplio sombrero y calzado con leves sandalias de cuero.

A pesar de los años, uno podía pensárselo en Ibiza, con el cabello largo, ya algo ralo, y el vistoso fular que, en su garganta, descendía en cascada de colores, como una aparición de los bellos Sesenta, cuando éramos tan jóvenes y escuchábamos a Cliff Richard, orgullosos de serlo y tener en las manos el tiempo.

Apostado en mi atalaya, lo había visto cruzar con el magín repleto de ecuaciones inverosímiles y un montón de papeles donde bullían sus sueños, una incógnita más para las gentes, que lo miraban sin indiferencia e incluso con recelo, suspicaces de la bohemia que delataba su indumentaria y el toque de locura que es la chispa de la genialidad. Un hombre singular, en cualquier caso; de eso no cupo duda a casi nadie.

Tampoco a mí, desde luego, que seguí con curiosidad la encendida polémica desatada por su Almanzor, una silva de datos históricos, pergeñados con vocación de semblanza, que, inexplicablemente, fue recibido a cañonazo limpio. Hoy, tres años más tarde, me parece desmesurada tanta inquina ante un libro que, en opinión del autor, no pretendía aportar ningún descubrimiento sino contribuir, desde las fuentes, a la celebración de una efeméride que promoviera el propio Ayuntamiento.

No se arrugó por ello. Contestó a las acusaciones, movió Roma con Santiago, empapeló los muros con sus pasquines y, bajo la cubierta del morbo ciudadano, fue de acá para allá, de la ceca a la meca, presentando el volumen de la discordia, hasta agotar la edición. Los algecireños contemporáneos saben más de Almanzor por Salguero que por Dozy. El tesón popular y el lenguaje directo llegan donde no alcanza la sutileza de los doctores. Eso suele ocurrir.

Todo estaba maduro para el encuentro. El tórrido verano ya me había entregado a Dolors y yo, ajeno a otra cosa que no fuera su amor, andaba, ensimismado y galán, por las sendas y vericuetos que a ella me conducían, sumergido en el cataclismo de las grandes pasiones. En semejante estado, no cabe la tibieza. Los afectos se ensanchan. Una luz portentosa envuelve el mundo. Bien lo explicó Gustavo Adolfo Bécquer.

Coincidimos en una librería: Usted debe de ser el señor Faílde, sospecho que me dijo, y yo le respondí: El señor Salguero, supongo. Aquello fue el principio de una bella amistad, mientras el negro Sam tocaba Casablanca y el avión de la tarde despegaba de Gibraltar.

Relato estos sucesos porque, importantes, sin duda, para mí, allegan al lector la necesaria imagen de un hombre que, en el ápice de una vida, sabrosa de aventura y ahíta de experiencia, ha hecho de las tres una sola, proteica y multiforme razón existencial, confiriendo a la praxis literaria el caudal de sus ideales, ensoñaciones, creencias, biografía, mezclando realidad con ficción y persona con personaje: él mismo, autoinmolándose en la escritura para, al fin y a la postre, mendigar un amor imposible a las gentes anónimas de la más inhumana sociedad que haya sufrido el hombre o, simplemente, como afirmó Félix Grande, pedir socorro. En el aniversario del Quijote -que ahora celebran quienes lo desterraron de nuestros planes de estudio-, nadie más quijotesco que Salguero, en quien confluyen, por una parte, el sentido de la contradicción y, por otra, la extrema lucidez del que abdica de la razón y se traslada al dominio de la utopía, huyendo de los ídolos, las trampas, la dolorosa inanidad de un mundo que ha vendido sus sentimientos, sus conquistas más elevadas, por un mísero plato de lentejas.

Hay que verlo avanzar en el rocín de sus pensamientos. Irónico y directo, malediciente y tierno, siempre halla una causa en que implicarse. No es de extrañar por ello su incursión en el ámbito taurino, metáfora tal vez de un planeta globalizado, donde la fuerza viva, el impulso telúrico del toro, sucumben a una espada que, limpia en apariencia, manejan a su antojo los más sórdidos intereses. Prevalece, no obstante, la belleza; y el arte –otra utopía- se ciñe a los lamentos para salvar la fiesta, lo lúdico, que constituye el lado infantil de la humanidad.

En efecto: ni la vida ni la obra ni los actos de José Salguero se pueden entender sin el concurso de la belleza. Es adicto a lo bello. Cuando aflora lo hermoso en cualquier cosa o hecho, hay que verle los ojos, anegados en luz, mientras exclama, como un niño grande: ¡Qué bonitooo, qué bonitoooooooo!, presa de la emoción. Será quizá por ello no permite que se le escape la más pequeña brizna: con su cámara a cuestas, podría definírsele como un fotógrafo compulsivo, capaz de congelar en una imagen un ínfimo destello de esa belleza ansiada, en medio de un océano de fealdad.

No es baladí la anécdota. La retina del escritor descodifica el orbe de lo real y, al convertirlo en imágenes, crea un código diferente, a imagen y semejanza de sus propias ensoñaciones. Entre la realidad y el deseo media –al menos, en este caso- una cámara fotográfica.
La imagen. Delante de unas copas de Ribera del Duero, Dolors y yo pasábamos revista a las últimas instantáneas, recuerdo de una noche de vino y rosas que, a despecho de los censores –como escribiera el viejo Ibn Abi Ruh-, quemamos con incienso en Las Duelas, una de esas tabernas tal de antaño, de las que florecían con los poetas a la orilla del Río de la Miel. En un momento dado, cuando el aroma de la bebida trepaba por el humo de los manjares, Salguero, con el mimo habilidoso de un prestidigitador, sacó de la chistera un pequeño cuaderno: sus poemas.

Quién nos lo hubiera dicho. Acostumbrados al vigor de la prosa de sus libros y artículos, aquel mínimo mazo de poemas se abría ante nuestros ojos como naipes, de manera que la revelación no se hizo esperar. Alentaba, en efecto, la poesía en los poros del verso, desvelando el secreto de su perpetración. Cuando respira el mar es ahora un pedazo de vida, revestido de la palabra creadora: la imagen que compone y descompone el mundo, a la exacta medida del autor.

Allí están los lugares cotidianos y los que la nostalgia tiñe color crepúsculo, a la sombra de ancestros imprescindibles: Machado, desde luego, Berceo, José Luis Cano y, cómo no, la veta popular, con resabios folclóricos a veces o rajada y terrible, con festones de cante jondo.

Allí está la protesta, la quejumbre –serena o airada- de quien se siente herido por la injusticia y se sabe partícipe del ajeno sufrir. El dolor de ser hombre, la esperanza a que habrá de agarrarse para no perecer.
Y el amor. Porque, en última instancia, todo confluye en él, ya se trate de ese perpetuo idilio entre el poeta y su tierra (el microcosmos de la bahía de Algeciras, salpicado de toques costumbristas, con sus barcos cargados de misterio, las playas que el invierno baña de soledad), la mano que se tiende, crítica y solidaria, o el culto apasionado a la mujer, en su triple vertiente de madre, hija y esposa. Amor, a bocanadas de pasión y belleza, que eso, al fin y al cabo, resume la poesía.

Aquí está la de un hombre que tiene aún muchas cosas que decirnos, alumbrando con el sol de su bondad –son palabras del propio Salguero- jardines solitarios y corazones rotos. Como juglar de solemnidad, se ha ganado un lugar junto al fuego.


Domingo F. Faílde
Isla Verde, enero, 2005



AIRE RECIÉN HORNEADO




Miro el libro y recuerdo los ojos del amigo, rientes como olas que explotan en la arena. Observo su ansiedad, ese amor con que mira las páginas ya hechas y se le abre el alma abrazando el cuaderno. Veo el sueño de alguien que cree en la palabra. En un mundo de dimes y diretes, en un mundo de economías burdas y de falsos principios, él, José Salguero, aún cree en la palabra y me deja extendidos sus versos y me anima a escribirle, tan sólo, unas pequeñas notas:

Cuando José Salguero hace respirar su poesía, el mar de la palabra dibuja barcos blancos, blanquísimos veleros que cruzan el caudal de las perennes aguas de la metáfora. Él es todo corazón, todo libertad, todo verso que se mira en el Estrecho, buscando decir algo. ¿Cómo decir la lucha en forma de poema? ¿Cómo cantar, a una, el amor, la discordia existente en la especie marchita, el equilibrio y el desequilibrio? ¿Cómo comprometerse con un cuerpo y con todos los cuerpos? ¿Cómo convertirse en otros, sin dejar de ser uno?

Un sultán de la noche que teje versos para cazar las sombras y devolver la luz a la ciudad, la luz a los que llevan la ciudad, la luz a las mujeres que pasean sus calles y duermen en bahías, la luz a los que leen estos primeros sueños, estos versos recién nacidos, este decir apenas balbuciente, pero mordiente -fuego que roba ya al Prometeo alquímico-, este aire recién horneado.

Sencillo es este hombre que asegura: Escuché cómo las olas se rompían/ bajo el sol de las dunas. Y más tarde nos dice No dio tiempo a decirle que la amaba. Y confiesa limpiamente: Deseo besarte y no alcanzo,/ desde la ventana de mi casa. Labriego perenne de vocablos al que acompaña “el mulo terco del pensar”. Hombre lúcido que grita:

Anchos son los campos de Castilla y estrechos los de Andalucía. Poeta que pronuncia: Sentí la muerte hace años/ y aún retumba en mis oídos su aullido,/ en esos vestuarios solitarios de hielo.
Un buen paso, este libro, para comenzar la andadura del poema. Que las musas del mar le sean propicias durante toda la travesía.


Dolors Alberola





-------CUADERNO PRIMERO

Cuaderno de El Rinconcillo




ESTRÍAS




Las estrías de las olas de mi vientre
cubren el agua salada de tus venas,
tendidas en un manto rajado,
en mi Bahía de arena pantanosa.

El sexo de tus manos amanece
cada mañana de sombra incolora
y bebo de tus ocultos y sudorosos pechos,
con los pliegues de mis sedientos poros.

Fuego avivado con silencios,
en la fina agonía de mis deseos.
Carola, al sol, en el parque,
cuando cubro tu cuerpo con mis ramas.

Abades en los surcos del convento,
labran sus rezos con el yugo,
y yo con la miel amarga de mis ojos,
impregno tu piel de algas.




DOS ORILLAS




Dos orillas en mi vida,
una en La Línea y otra en Algeciras.

Entre las dos, la Bahía llena
de expiraciones silenciosas.

Corsarios y piratas en ella se refugian,
de los temporales del Estrecho.

Caballitos de mar, la Atunara y el Rinconcillo,
unidas por el mismo signo.

Un babel de culturas, inviernos infernales,
barcos a la deriva.

Estraperlo de día y de noche,
horizontes oscuros y porvenir incierto.

En el Peñón vigilan nuestros actos.




SITUACIÓN




Alquitrán de los barcos,
plásticos, compresas y condones,
arrastran las mareas a las playas.

Barcos veleros, petroleros, ferrys,
contenedores, grúas y sirenas.

Cadáveres en la orilla,
un manto de hipocresía,
que cubre la miseria.

Aprieta el sol,
la suciedad abunda.
Nadie mira la pus en las oscuras aguas.





TINIEBLAS




Legiones de pavanas,
carroñeras y hambrientas.

Marfiles en los dientes,
reliquias, huesos, hierros,
y peces, moribundos:
oro rancio es la envidia.

Temblores de baja tierra,
algas salvajes, flotan sobre el mar.


Delfines en el Estrecho,
entre pateras perdidas en la niebla.

El sol, desplaza, temblando,
a miles de nubes grises.

Y al llegar sus cuchillos,
se va rompiendo el invierno.





NEGRA ARENA




El dolor de las lágrimas de tu arena,
rostro invisible tallado en la playa,
sigue vivo ante los ojos que te destruyen,
en la cárcel sin rejas donde agonizas.

Sí, a la libertad del hombre;
no, al silencio tirano,
de la alegría al luto reinante,
y de la vida a la muerte en versos.

Rosa discreta en mazmorras,
rastrillo musical inexistente.
Aura de luz en los días de fiesta,
y tristeza cuando te abandonan.




FIESTA DEL CARMEN




Tumbado sobre la arena,
escribo estos versos.

Cenizas radiactivas,
contemplo entre las brumas.

Fruta madura sobre el árbol podrido,
las aves vuelan y se acerca la muerte.

Las maquinarias van lentas por el día,
las chimeneas descansan.

Se aceleran por la noche,
escupiendo horror y males.

Concejales llevan flores
a la Virgen del Carmen.





ELLA

A Andrea...mi hija menor




Alta como lo perpetuo,
sus trece años.

Y su cuerpo hacia el aire,
entre ladridos de perros.

Teme a los temores,
aunque su padre la cuida.

Una llamada silente
mientras se acerca a la noche.

Las sombrillas vuelan,
las mujeres gritan.

Y la Bahía llora lágrimas de sangre,
al ser contaminada por humos crueles.

Ella, sola, construye un castillo en la arena,
y una sirena lo ocupa.
Mas, una ola rebelde,
la arroja de sus dominios
y lo destruye con ira.




DOS HERMANAS



Las carnes de sus labios,
laten sangrando arena de la playa.

Y los cuerpos de sus vientres,
abren las puertas a olas de tinieblas.

Una espada de oro, voló sobre ellas,
bañándolas con cemento, arena y grava.

Antes eran mis hermanas;
hoy, dos hermanastras,
que permanecen en las grutas,
de una ciudad portuaria.

Mis hermanas eran rocas,
sin voz, ni techo, ni sombra.

Llano amarillo...--el rico seno del mar--,
las escondió en sus brazos.





MANSA FLOR




Quisiera que tus pechos perezosos
amamantaran las aguas de la Bahía
y que el delfín de la sirena,
despertara de su sopor.

Mansa flor en un paraíso grisáceo
de blanca espuma plebeya.

Tierno anhelo de ave solitaria,
invadida por piratas y corsarios.

Agua clara, agua tibia, agua salada,
acaricio tus penas con mi sombra.

Y me contagias con el pulso de tus latidos,
al respirar desde la Roca, aire puro de al-Andalus.





TUS ALAS




Me enamora el azahar de tus labios,
cuando la sombra de tus alas,
vuela solitaria,
hacia nuestro encuentro ansiado,
en el lecho del mar.

El rumor de tu llegada,
corta el aire del Estrecho.
Piedra de musgo y brisa de alondras,
que alerta a las sirenas.

Desnudo y transparente te recibo,
con hiel sin espina, rosa de mi agonía,
luz de mi soledad prisionera,
y centro férreo de mis recuerdos marineros.




LÁGRIMAS DE LA BAHÍA




La luna desnuda te alumbra,
con un quinqué en sus manos.

Mientras, sueña despierta
que le arrancas púas de cactus.

El manto de la Virgen de la Palma,
seca las lágrimas de sus aguas
y los ángeles, desde el cielo,
fina lluvia le mandan.

Ya tiene luz la Bahía.
A oscuras, por la mañana,
de noche relampaguea.

Sus aguas mueren amargas,
y mis dedos, sangrando, se estremecen.





MULO TERCO





El mulo terco del pensar,
que llevo incrustado en mi cuerpo,
no me deja ver la claridad del alba
de tanta paja y alfalfa.





PECES HAMBRIENTOS


A Raquel...mi hija mayor




¡Ten cuidado hoy, mi niña,
al bañarte en esta playa,
que los peces tienen sed
y se beberán tu enagua!

Siéntate en la arena fina,
encima de la toalla,
que el sol te protegerá
con su sal, su brisa y lágrimas.




TU ORILLA Y LA MÍA



Dos gargantas gritan al unísono,
navegando en pateras distintas.

Una en tu orilla y otra en la mía,
entre oleajes, brumas y silencios.

Lloro si lloras, tu dolor me duele,
vivo tu sentir y siento tu vivir.

Lágrimas pasajeras y alegría de mis penas,
cuando al sangrar me manchas.

Sonrisa amarga en el amanecer del desierto,
puños prietos, poemas.

En tu orilla y en la mía
abro los ojos al desaliento.




VERANO SIN SOMBRA




A la sombra de la luna,
se encuentra dormida mi alma.

El faro de Camarinal la ilumina,
y le guían los acantilados.

El sol cae sobre ella, como un racimo de uva,
y la arena de su cala lo absorbe,
arrancándola de su letargo.

¡Oh, alma dulce! ¡Oh, alma salada!
Carola de mis mares,
mis luces y sombras.





MARISMAS DEL RÍO PALMONES




Marismas del río Palmones,
barcas varadas junto a la orilla.


Muchachos, caminando,
y el humo de las fábricas.


Empieza a clarear la mañana,
rugen los motores de las grúas.


El pueblo está ausente y duerme,
sardinas al espeto, órdago de la Iglesia.


Ronca tengo el alma,
la voz de mi pluma quebrada.


Hay brumas en la Bahía,
y las sirenas de los barcos lloran.


La mugre resplandece en el agua,
submarinistas sacan a flote a los tritones.

La banda toca la marcha,
y la muchedumbre aplaude.


Llueven mis versos sobre fango,
ellos están muertos vivos.


Un eco de pobreza inunda este entierro
y las palmeras lo orean con sus ramas.




SIENTO


A Yoli...que sentí su enfermedad


Siento
el sentir,
de lo que tú sientes.

Pero nada
me gustaría sentir,
de lo que tú estás sintiendo.






ENCUENTRO EN EL CEMENTERIO



Salí de casa camino del cementerio,
bajo un sol de rabia a las cuatro de la tarde,
por una vereda de zarzales y piedras,
quemándome la baranda del aire.

Nuestra cita tenía fecha fijada
y acudí hasta el umbral de la muerte,
y tú acudiste desde ella.

Al repicar las campanas de la capilla,
puñales en mi memoria,
me hacían caminar sin freno.

Saliste del nicho, cubierta por una túnica blanca,
desprendiendo jazmín de los labios,
y en tu mirada la luz.

Me esperabas con miel y sal en la mano,
secando los latidos de tu espíritu,
con el rocío de mi guadaña.

Traspasaba mis entrañas el moho de tu sonrisa.
De tu cesto de mimbre, bebí agua y comí pan.



CEMENTERIO VIEJO



La hierba crece,
crece la hierba
en el cementerio viejo.

Miro voces escritas,
con llantos sobre los nichos:
no caben tantos recuerdos
en moñones de palabras.

Son lágrimas que se rompen,
al entrar en mi memoria.

Amargo dulzor, nostalgia,
solitario cementerio.





LLEGA LA NOCHE




Llega la noche y todas las luces de mi vida,
se oscurecen.
El tren se ha llevado un nuevo día,
para sumarlo a la cuenta corriente de mis años.


Llega la noche y la soledad azota mis pensamientos,
se oscurecen.
El tren se ha llevado al campo en barbechos
de mi mente su jardín de flores.


Llega la noche y todos los esfuerzos,
se oscurecen.
El tren se ha llevado mis ansias de lucha,
para sumarlas a mi melancolía.


Pero por fin, llega esa noche,
y todas las luces negras me iluminan.

El tren me dejó tu voz,
para sembrarla en el huerto de los silencios.






ANOCHE TEMBLÉ




Con tu mirada fría
se estremeció mi cuerpo.

El sueño me quitaste
y moría por saberlo.

Sombrero de paja blanca
y alfombra de negro raso.

Rosa de espinas rojas
en mis pensamientos llevo.





UNIVERSO



Cuevas de sentimientos,
lágrimas de ovarios.

Palpar tu manto deseo,
plenitud en tu mirada.

Besos relamidos,
ríos y torrentes.

Miel entre mis dedos,
gritos de júbilo.

Alas heridas al viento,
árbol maduro caído.

La humedad de tu cuerpo,
el latir de tus gemidos.

Sentimientos de furia,
madrugada estrellada.

Rendido en tu ausencia,
me hieren y no sangro.





CALVARIO



Por qué se hizo de noche
sin despedirse la luz
cuando estaba en un calvario,
soñando sin sueño alguno.

Por qué esta querencia absurda,
este quererte en mis brazos
y abrigarte con mi cuerpo,
escuchar los latidos de tus ojos,
el delgado lagrimeo de tus sienes,
el volar de tus manos,
el olor de tu infancia,
el sentir de tu vientre,
y el sonido de tus huesos.

Por qué se fue la mañana
sin despedirse de mí,
sin ser gloria de mis sueños,
sin ser deseo mi olvido,
y dejándome en tinieblas
entre caminos con baches
socavones y tristezas.
Frente a oscuridades áridas
que inauguran grietas en mis párpados
y agujetas en el cielo de mi infierno.


Por qué sigo soñando
despierto contra tu sombra,
bajo esa flor que me alimenta
con caricias y desprecios.

Y por qué te ofreces ya muda
en vez de brindar campanas,
maremotos y pájaros.

¡Por qué!





CUMPLEAÑOS




La muerte cumple años,
y no quiero volver a celebrarlo.

Tiene vacaciones del uno al quince,
anda de sombra en sombra mi aniversario.

La madre está en su cuarto,
meciendo la mecedora.

Tiene el fogón encendido,
y al hijo ardiéndole el alma.





EMBRIAGADO




Beber en el hueco de tus manos,
o beber en la fuente de tu boca,
quisiera yo esta mañana,
ya que anoche en lo oscuro,
amándome, me embriagaste.

No sé ni lo que siento,
porque me inundan tus alas,
y tu sincero cruzar, por mis calles abiertas.

Fue tan bello el amor,
la distante presencia,
que desperté con resaca,
tan borracho de beberte.




----------CUADERNO SEGUNDO

Amanecer en Punta Carnero






HIJA DE LA SOLIDARIDAD


Te siento y me sientes;
anoche, estabas triste.

Ancho camino, valle estrecho;
lágrimas llueven en las claras del día.

Mahfoud, soñando a tu lado,
te pidió lapiceros nuevos, viejos o usados.
Tú al contármelo, necesitabas un minuto de silencio,
que compartí contigo exhalando tus deseos.

¡Que estudie tu hijo! ¡Yo no puedo!
¡Que estudie por mi, todas las horas del día!,
exclamó a tus ojos el príncipe de la arena.

Recibió tu abrazo y lo multiplicará por cientos;
ya te has marchado, pero volverás morena,
con tu blanca túnica al desierto.

Muchas coincidencias en nuestras almas
curtidas en la desgracia, permanecen perdidas
o en el oasis de dunas, mares y tormentas.

¡Alma mía, mía de mi alma!,
no sufras, él te quiere, tú lo sabes.





DESFILE




Diluvia sobre la playa,
lágrimas de ira;

al contemplar el desfile
con paraguas hipócritas.

Sonrisa de madre,
cuerpo desnudo en las dunas.

Pelo castaño recogido,
pezones al aire.

Arena pegajosa,
miradas cómplices.

Su hijo menor la acompaña
y ella lo trata con dulzura.

Las olas de la playa relinchan,
y el sol nos dibuja el cuerpo.

Un trago de agua salada,
y un adiós de despedida.






ABORDAJE EN LA BAHÍA




Abordaje en la Bahía,
miedo, represión, libertad ya muerta.

Piratas en este siglo,
secuestro de terroristas y corsarios.

Empleo de la fuerza,
fuerza del empleo utilizada.

Detención ilegal en las aguas,
malos tratos, calabozos.

Lágrimas emotivas, rabia e impotencia;
triunfó la razón y no las injusticias.

La madre del reino los condecora,
y el paje acude a la ceremonia.





PENSAMIENTOS

A mi más que amigo de 95 años, Juan Martínez Andújar...




Almas desgarradas,
horizontes muertos.

Santos en las cárceles,
mercenarios, asesinos, a sueldo.

Hambre del poeta,
luz en las tinieblas.

Ladrones de guante blanco,
rodeados de riquezas.

Lloran niños asustados,
la guerra subterránea los amenaza.

Armas de gran destrucción,
excusas de genocidas.

Lágrimas del poeta,
alegrías de penas.

Rocío de lunas frías,
madrugada en tinieblas.

Sacerdotes en el armario,
carceleros por las calles.

Bulerías mortuorias,
cabras en el monte,

Escaleras sin peldaños,
comida de perros.

Celda aislada,
ojos amoratados,

Quejidos, lamentos,
manguera, agua fría, palizas.

Reglamento en el cuarto negro,
y somier en los huesos.

Ventanas taponadas, grilletes,
camastro, tundas, repasos.

Sarna, bilis, maldades,
manos manchadas.

Condes en hotel con rejas;
roldes con las riendas sueltas.

Libertad sin libertinaje,
pagarán, paciencia, tiempo.

Suiza, Gibraltar, primates,
mochilas, maletines y banco de pesca.




NOCHE DE LUNA

A mi amigo Isidoro Macias “Padre Patera”...



En esta noche de luna,
con el mar en calma,
puedo escribir un verso,
una simple palabra.

El viento de levante
la luna me ilumina,
y en una patera vieja,
navego por el Estrecho.

Y si alcanzo la orilla de nuevo,
con la miel amarga de mi sino,
la besaré con mis pies,
la palparé con mis labios.

De ella me rechazaron,
al llegar sin documentos.
Fronteras y farallones,
plantaron sobre la tierra.

Una sirena me acompaña
en mi nuevo viaje.
Los delfines marcan el ritmo
y nos guían las corrientes.
Pero al arribar a la orilla,
oí ruidos de metralletas,
disparos hiriendo al aire
y las voces de los guardias.





AL ANOCHECER




Perdidos en la oscuridad de la noche,
de la mano caminamos juntos,
buscando nuestra patera en la orilla,
llena de ilusiones y pesadillas muertas.

Al ritmo que marcamos bailaban las estrellas,
mientras nos acechaban los guardias,
aunque la luna nos protegía
con su manto de terciopelo.

Camina, compañera del alma,
aunque heladas estén el mar y sus arenas,
porque laten tan fuertes la esperanza,
que si, te rindes, hunden su quilla los deseos.





EL AZUL DE TU CIELO




Hermoso, brilla el día;
la luz salió de nuevo,
el mar está en calma
y sus olas me cautivaron.

Mis ojos están nublados;
al despertar, te siento,
y el azul de tu cielo,
me transmite pureza.

¡Eras tú la niña de mis sueños,
amor mío, de mi alma!
Porque desde la orilla del Estrecho,
huelo a canela y azahar,
navegues por donde navegues,
y hasta en aguas contaminadas
por Córdoba, Sevilla o el Puerto
en dirección al Mediterráneo.

Mujer clara y profunda,
otras noches te espero
y me baño en tus brazos,
y me tiendo en tu boca.






EL ROMPER DE LAS OLAS





Escuché como las olas se rompían,
bajo el sol de las dunas.

Mis ojos aún cerrados,
mis oídos abiertos,
ante tanto cristal,
tanto oleaje.

Y acaricié la arena
con la sal gorda,
de mi esperanza.







MIS MANOS




Mis manos recorrieron las curvas de tu piel
y la música abandonó tu cama.

Espinas clavadas, luz tenue,
las niñas despertaron mi avaricia.

Ruidos, gritos y desgarros,
abandoné mi buena suerte,
y me entregué a otra.





LA MIEL DE TU CUERPO


Deseo que algún día vibren
las campanillas de la miel de tu cuerpo,
para que tu sangre fluya clara
como los riachuelos en primavera.

No mires hacia atrás, sino hacia delante,
porque la nube que hizo sombra en tu mente,
te traerás borrascas y temporales.

No te sientes culpable,
que la culpa daña a almas ilustres.
Y culpable fueron ellos,
los que te impusieron sus deseos.

No te excuses por desaparecer súbitamente,
porque debe ser fastidioso oír el timbre de tu casa
al entrar el ogro que calienta tus sábanas cada noche.

Vives para él, para ellos;
vives y caminas triste, desnuda, fría y muerta.
Pero vive para ti unos segundos del día,
y sueña en el atardecer de noches abiertas
con el príncipe sincero,
que algún día te hará la mujer más deseada.
Porque eres el sol de las penumbras,
que alumbras con el don de tu bondad
a jardines solitarios y corazones rotos.




LEVÁNTATE Y ANDA




Al traspasar el umbral,
vi la sombra envolviéndote
y la muerte contigo.

Astillas te sangraban,
deseaba arrancártelas con mis manos,
para que así anduvieras,
en mula vieja o en los esquíes de tus desganas.





SARATAMA





Mi cuerpo desprende gris agonía
y las campanas tocan a muerto.
Mientras, la sangre roja del poeta
cruje de gozo, esperando la mortaja,
en esta madrugada de mi último viaje,
camino de Muro a los pies del Moncayo.

Saratama de mis nieblas y romero de tus labios,
lágrimas reprimidas, miradas esquivas,
viento, cierzo en la distancia,
chopos de la ribera del Ebro,
cereales en las campiñas sorianas,
rescoldo de las hogueras
y mansas aguas del Duero,
a su paso por San Saturio.





ELVIRIA




Tus brazos se extendieron con magia
y repicaban rajadas mis olas,
al retozar las lagrimas de tu calor,
acariciando los pétalos rosados
del jardín de mi cuerpo.

Sufrí escalofríos en los vaivenes de los péndulos,
al caminar descalzo por las espinas de tus rosales.

Veinte años de hollín y dos de verde esperanza,
entre humedades, risas, lamentos, días aguados
y noches ausentes.





SI CIERRA LOS OJOS


A mi madre...




Si cierra los ojos,
oscurezco de inmediato.

La luz que me ilumina
emergerá de sus pupilas.

Soy un hombre sin rumbo
y me encuentro perdido.

Localizaré el camino
cuando me guíes.




MÁLAGA




Málaga de telarañas mediterráneas,
escucho retumbar el eco de tus suspiros
a kilómetros de distancia,
entre llovizna de verdiales
y banderas en el mástil.

Málaga de luces y estrellas, camina pero no mueras,
después de izar el sol en tu nacida senda.

Quiero bañarme en las mareas de tus gemidos,
remar a la deriva, mientras ladren tus sentimientos;
al encontrarme cubierto con un manto,
bordado con celeste espuma desnuda.






LOS AÑOS PASAN

A la memoria de mi gran amigo y escritor humanista, Guillermo García Jiménez...




Desfilan velozmente los años
y ya queda atrás
medio siglo de vida.

Hubo mucho malo y poco bueno,
al brotar sin pan,
y las flores ya muertas.

Nací después de la posguerra,
cruel contienda entre hermanos,
la sangre derramándose
y las familias rotas.

Qué mañana de lucha,
corazones secos, noches oscuras.
Y los hombres, sin alma.





PÉTALOS DE ROSAS




Pétalos de rosas en el altar de bodas.
Hoy, coronas, llantos, gritos.

En mi sombra, dolores de derrumbe,
en el transcurrir de los años desnudos.

Aguas contaminadas,
sed saciándose, juventud imberbe.

Camino descalzo;
mi dinero controlo, mi cama hago,
mi ropa lavo, mis sueños plancho.

Me levanto cuando me despierto,
y me acuesto cuando tengo sueño.

Agua fresca, ilusiones nuevas,
prosa, poemas, versos.





LA GARNACHA Y EL TEMPRANILLO




En el umbral del estío tuvimos un nuevo encuentro,
bajo la atenta mirada del sol y de los chopos de la ribera.

Llegué sudoroso del sur a tu casa de Castilla,
y te encontré, sirena del Ebro, con tus canas vivas.

De los sarmientos de tu cepa, manaron dos racimos:
el primero garnacha y el segundo tempranillo.

Al verme, el salitre del Moncayo
que envuelve tu cuerpo, desprendió erizadas lágrimas.

La garnacha está florida y te acompañaba por tus espinas.
Yo sentado en el rectorado, te esperaba con el tempranillo.

Son vides riojanas que se crearon con sangre tuya y mía;
cincuenta por ciento de Soria y el resto de Andalucía.





SENTÍ LA MUERTE




Sentí la muerte hace años,
y aún retumba en mis oídos su aullido,
en esos vestuarios solitarios de hielo.

Eras una sirena entre mis manos,
caliente como horno de tanatorio,
y fría como el congelador del cementerio.

Mi nueva sombra se iluminó de nuevo,
miré tu cara y te dejé en el olvido.





NIEVE





Mirando tras el cristal de la luna,
diviso tu nevada silueta.

Por el viejo camino,
hacia tu paz y esperanza.

Callas al estar distante,
niña morena y clara.

Al crecer en un oscuro temporal,
de fríos, nieves y agua.

Mariposa de arco iris,
luz a mi alma llega.

Y por tu silencio mudo y seco,
no respiro y me ahogo.




DESPEDIDA




Un último suspiro al cerrar la puerta,
y llegaron a mi tinieblas y oscuridades.

Ojos resentidos, tormentas de primavera,
las niñas lloran, no comprenden nada.

Después de diez años,
ellas han crecido.

Y yo, agonizo.





ESTACIÓN DE LARGO RECORRIDO




Tiembla el suelo en la estación de largo recorrido
y aún retumban en mis oídos las deflagraciones
asesinas del once de marzo, mientras el metro circula
sigiloso por las entrañas de la tierra.

Calor infernal en la sala de espera, y el termómetro
marca cuarenta grados a las siete de la mañana.

Controlé mi equipaje por el propio beneficio,
llevándomelo a cuestas a los urinarios.

Los vigilantes armados se comunican con sus silencios,
y alertas están mis ojos del sur de al-Andalus,
ante las miradas rapaces de los cazadores.

Dos peregrinos viajan hacia Roncesvalles
para iniciar el camino,
y yo dirección a la cuna del Castellano.

Tengo los labios secos y el cántaro roto;
vaso de agüita fresca de manantial o río
necesita mi sediento cuerpo,
que yace en un banco alerta.

El aguaó pasó de largo con sus mulas a caballo,
y yo deseaba salir de la estación galopando.






SE ESCAPA DE MI





Intento frenar el tiempo,
pero se escapa de mi.

Grandes recuerdos,
en mi soledad deseada.

Siempre yendo y viniendo,
andando, y sin parar de caminar.





BAELO




Ella, capitana de mis mares,
navegó contra corriente por el Estrecho,
arribando a buen puerto, refugiándose.

La travesía la realizó en un puente,
desde el Guadalquivir hasta Bolonia,
en una mañana de otoño.

Marineros de agua dulce la siguieron,
y recorrieron el polvo del pasado,
no encontrándose a Baelo con Claudia.

Palparon el teatro romano, el templo, las casas,
y a sus pasos les acariciaba la brisa y el viento.

Se bañaron en el rocío de aguas cristalinas,
cubriendo sus cuerpos con ramas de olivos.

Llevándose a la mezquita mí sombra,
y yo acudí por sus rastros a las ruinas.





LLANTO




¡Ay, qué amargura de vida
llevo en este calvario;
nadie me ayuda un poco,
en mi solitaria lucha!

Exclamo llorando al cielo
¡Por qué tanta desidia!,
y el cielo no me responde.






------------CUADERNO TERCERO

Aguas revueltas






CABELLO GRISÁCEO


Cabello grisáceo y largo,
barba de varios días.
Orín en la bragueta,
lámparas de miserias.

Mirada traidora e hiriente,
zapatos sucios y rotos.
Apariencias de mendigo,
y se baña en el oro.

Le aflora la envidia,
por su envenenada existencia.
Me cambio de acera,
y no huelo su podredumbre.

Venera y alaba a las autoridades,
tenderete en la calle y plaza del pueblo.
Su mejor virtud, la agonía;
su mayor placer, hacer daño.

La editoriales, no le suministran
los escritores, no cobran
Horchata avinagrada en sus venas,
le mana hiel... no sangre.




EN LA DISTANCIA




Ella en su Olimpo y
yo en la Bahía de Algeciras,
en una noche estrellada,
a la sombra de un olivo.

La sentí sin sentirla,
la besé sin besarla,
la acaricié sin tocarla,
la tuve sin tenerla,
la saboreé sin probarla,
la percibí sin percibirla,
la penetré sin penetrarla...

Y enloquecieron nuestros gemidos
amándonos en la distancia.

Nos sorprendió la aura,
ella por su camino,
yo por el mío.




SIMBIOSIS



Higuera madura de leños,
ojos de dulce luna, rayo negro.

Mirada profunda de sus mulas sobre mis canas,
sierra de mis pensamientos,
aroma de incienso y de madroño.

¿Qué hice en los primeros segundos del año,
para permanecer desde entonces entre rejas?

Yo encarcelado y tú libre,
carcelera de mi alma y llave de mi suerte.

No me ates en tus prados,
las bestias pastaran a sus anchas
y yo beberé de tus manos.





EL AMOR SE FUE





El amor se fue y repeles mis caricias
con tus silencios rasgados.

Se alejó, el manantial de tus deseos.

¿Existe otro?

No me responda ahora, el tiempo es sabio.

Nuestro pasado, tú y yo,
y lo guardo con llaves, cadenas y candados.




VIDA O MUERTE




Cuando recojas mi cuerpo, muerto,
entre tus brazos; no llores, alégrate, otro vendrá.

Conviérteme en polvo y arroja mis cenizas,
en almendros, en calles, plazas y mares,
de nuestras aldeas y pueblos.

Te esperaré hasta que llegues viva, muerta,
sola o acompañada.
Y te recibiré llorando.




REPTILES




Todas las noches lloraba,
al sentir la nana de la aurora,
temblores, bostezos, gente carcomiéndose.

Río revuelto, aguas borrascosas,
nieve en polvo, cenizas radioactivas.

Navidades negras, Argentina hambrienta,
corralito de gallinas, cazadores muertos,
levantaron la veda a los pájaros.

Malvinas, tiranía, la humanidad agoniza,
niños desnutridos, holocausto y genocidio.

En mayo, lloran las madres de la plaza.
Flores para ellos del jardín del cielo.

Torturadores y encubridores,
reptiles venenosos.




LAGO DE LOS ESPEJOS




Brillaba su silueta en el lago de los espejos
y, al encontrármela sentada en el árbol,
bebí, sorbo a sorbo, sus mareas y el aire,
mientras mis manos sangraban nadando.

Zarzal de brisa cristalina,
que baja, uno a uno, los peldaños,
subiéndolos, con cautela, paso a paso,
en el holocausto de mis aguas.

Manantial pedregoso de monasterios y ríos,
enredadera de mañanas y noches muertas.

Ventana de albahaca y blanco azabache,
suspiro desde dentro, callo y espero.





EN MIS SUEÑOS



Desde la autovía de mis sueños,
diviso a lo lejos, la Alhambra.

Los rayos solares me deslumbran,
al caer el astro por el horizonte.

Campo de Gibraltar, Muro y Logroño,
y ella esperándome en la Alcazaba.





MUÑECA REBELDE




Noche dispersa en Zahara,
el viento alejó la lluvia y acercó la tormenta.

Mis ojos desconcertados temblaron,
con tus quebradas palabras.

No sé que camino me indicas
con el rocío de tus celos.

Con la angustia de tus inseguridades
y tus muertos lamentos.

Mi amor por ti, sigue vivo,
racimo de roja sangre y blanca agua.

Árbol torcido, rosa con espinas,
dulce vinagre, muñeca rebelde.




EL SENTIR DE MI DESPERTAR



Son las ocho de la mañana en el horario de verano
y las persianas de mis ojos
se han abierto hoy más temprano que nunca.

No han cantado los gallos,
pero sí la campanilla de esperanza.

La hora, ha cambiado la madrugada
en este domingo de otoño
y, al despertar lentamente,
la primera imagen que me vino
fue la luz de tus pupilas.

He pasado una extraña noche
y no fue una cena copiosa.

Necesitaba una caricia,
tú me la diste con tu mirar
y temblaron ateridas mis sábanas.

Esa luz que llevo, es fuego,
entró en mi vida casualmente
y desearía que a partir de este momento
me iluminara, paseando por Baelo
o por los senderos que tu quieras.

Cuando escribo estos versos,
deseo que el teléfono suene,
para escuchar tu voz
y comprobar a través de tus palabras,
si has pasado buena noche
y si quieres ser mi amiga.




ESPERÁNDOTE




En este primero de agosto de dos mil cuatro,
el sol brota entre nubes y lluvias.

Y arrecia con toda su bravura
cuando las gaviotas se resguardan en las marismas.

Tú, brisa marina, tienes ancladas las barcas
en la Bahía del cielo, esperando a que amaine.

Para perfumarme de nuevo con tus caricias,
y que la espuma de tu cuerpo me embriague.

Te he visto morir de pena en las profundidades,
pero tus olas renacen de tus cenizas saladas.

Y te espero desnudo alrededor de una candela,
por ser más que un deseo y aún más que un te quiero.





LÁGRIMAS BLANCAS



Tengo ganas de llorar en tus hombros
y abrazarte, alma mía;
abrazarte y secar mis lágrimas claras
en tu blanco pañuelo,
bordado con azahar y clavo.

Motivarme entre tus brazos
y hacerte sentir que toques
con los ojos las estrellas,
cuando perciba tu derramado amor
por las curvas de mi cuerpo.

Habla y no calles en el pensar de tus deseos;
¡habla!, porque los silencios matan.
Y no suspires en el paseíllo,
porque la muerte se acerca
y mi vida se apaga.

¡Habla!, y ven a mi cuarto y cerraré la puerta,
con un candado especial con cadenas y llaves.

¡Habla!, y verás la luz gritando embriagada,
al introducirme en tus pechos,
con el veneno de mis labios.

¡Habla!, ¡habla!, que mi entidad muere,

con deseos y lágrimas blancas.

¡Habla!, ¡habla!, que mi alma se congela;
cascadas, ríos, fuentes,
caños y huracanes: penas.




AMAPOLA


Diosa amapola de mi rojo jardín,
sembrada en tallos verdes
y regada con aguas rotas,
en los prados de mi Bahía.




Entrañable y bello pétalo rosado,
de un tren imparable de amor y deseos,
que contemplo y acaricio desde el vacío de mi soledad,
al alejarse de noche y penetrar en las entrañas de la huída,
desprendiendo gemidos de júbilo y miel de su río.


Sólo yo y sola ella en el puente de piedra,
perdidos por caminos dispares de la sombra,
en busca de un fuego que nos abrase las manos,
y sin querer quemarnos con el besar de nuestras bocas.


Beberé de su cuerpo en llamas
y cruzaré la frontera de su sal marina,
aunque las sábanas blancas destiñan
con el roce de las olas de nuestras carnes.


Me estás arrancando la sequedad de mi lengua

y alejando el humo sumergido de mi hoguera,
cuando me encuentro tumbado desnudo en la playa,
sin pensar en otra flor de azufre,
al enloquecerme con el delicado tacto de tus miradas.


Trashumante pastor de ovejas, cabras y cabritos,
que desconoce el corral de su definitiva morada;
pero en el morral lleva tu delicado lienzo,
para colgarlo en sus paredes y soñar al mirarlo.
Porque lo que es quererte, te quiere.





EL SABOR DE LOS CELOS




Andalucía por ti sólo me encarcelo,
la casta se me ha vuelto como un junco quebrado.

Verde en el tallo, flaco y seco en lo florido,
picante, blanco, negro.

El caballo de don Quijote relincha
al ver pasar el cadáver de una joven.

Ración de alfalfa le doy;
mi alma hoy descansa,
la de ella para siempre.

Me enamoré de una dama de mil lunas,
y bebí veneno de su baúl astillado.

Mantillas agujereadas, polillas,
cuernos adornados, rojo terciopelo.

Ya no saborearé más los celos,
me quedo con el recuerdo del olor de su vientre.

Acaramelado, amargo y dulce,
el amor se fue y yo pasivo hacia ella.

Río de amarguras engalanadas con vidrios,

surcos en la orilla, huellas asesinas.

Sabor de agria alegría,
cuatro poemas y un verso, solamente.




LANZAS Y FLECHAS



Un verso es una lanza o una flecha
en esta vida de luchas.

Muchas lanzas o muchas flechas
se convierten en poemas.

Los hay de amor, odio, desespero y miedo;
también sobre la naturaleza, el mar,
el cielo y la tierra.

Bécquer murió joven y Alberti le dobló en años,
uno escribió al amor y el otro al barco velero.

Parco en palabras, en mi bohemia vida llevada,
tres almas marineras navegando en pateras.

¡Oh Dios de los cristianos!,
cuánto decir en esos poemas quiero,
porque escribir, es lo que da vida.





BODA



Bragas de ganchillos,
boda de hipócritas.

Mantos de seda,
ceremonia apañada.

El cura acaricia la bandeja,
los monaguillos se emborrachan.

Sonrisas, lloros forzados,
casamiento ajustado.

Dos familias unen su hacienda,
el interés manda, el amor falta.

Son más ricos, más poderosos.
Más de lo mismo.




MURO


A la esencia de tus calles, plazas, caminos;
la fuente y el castillo...


Yo iba hacia el abismo,
pero tú me paraste en tus pechos
y allí sorbí del aire.
Y me quedé desnudo
entre el día y la sombra
secando, la carrasca de tus montes,
todo mi cuerpo abierto.
Y se me abrió el amor,
pintando las paredes de mi casa de piedra
de la calle Real.
De ti ya conocía a los vecinos
y los campos de trigo y de barbecho,
y las granjas de pollos, parideras,
y tu paz y tus flores.
Buena gente, tu gente
y fiel a sus principios, aunque haya
un tizón que aventar en las candelas
que oscurecen lo blanco son sus ascuas.
Sendero de mi suerte eres, tú, Muro,
que ahuyentas las nieblas. Siendo yo
azul de los océanos y nieve del Moncayo.
Y mar abierta.




OVEJA VIEJA



En los campos sorianos,
entre caminos y zarzales,
un pastor perdió de vista,
a una oveja rezagada de su rebaño.

Al perro mandó a por ella,
mordiéndole en una pata;
al apagársele la vida después de tantos años,
produciendo corderos, leche y lana.





BLAS INFANTE


A María de los Ángeles Infante...



En un tres de agosto,
por la ruta de un toro español circulaba,
dirección a una venta de carreteras,
en unión de una íntima amiga,
para celebrar mis cincuenta años.

Acerqué su cara a la mía
y despacio le recité al oído.

¡Unas balas fascistas,
disparadas con nocturnidad y alevosía,
le quisieron callar.
Pero sus asesinos no se percataron,
de que su voz sigue viva!

Porque antes de morir
gritó tres veces seguidas,
con versos rojos de sangre.


¡Viva Andalucía Libre!




OLIVO VERDE Y BLANCO



A mi buen amigo Pedro Ruiz-Berdejo...



Por campos andaluces,
camina un peregrino,
en busca de un olivo
por los surcos arados.

Inmóvil se quedó al encontrarlo,
izado en el mástil más alto.

Sus antepasados de al-Andalus,
derramaron su sangre al anudarlo.

Anchos son los campos de Castilla
y estrechos los de Andalucía.

Obreros explotados en las ciudades.
Y, en el campo, los jornaleros.




ATARDECER



Atardecía en el sur,
y una corza mujer abrió sus ojos.

Sus labios derramaron blancas nieblas,
yo las percibí en silencio.

No dio tiempo a decirle que la amaba.

Cada vez que recuerdo,
aparece en la sombra.




EL TREN




Cuando suba a tu tren,
llévame hasta el final del trayecto.

No me hagas bajar a mitad del camino,
hacia lo oscuro de mis noches.

El corazón me partes
y nuestro amor se paga.

Mi cuerpo va cayendo
hacia una selva muerta.




CONTRASTE


Este querer, queriendo en la distancia.
Este querer, al rocío de tus lágrimas.
Este querer, a tu alma callada.
Este querer, así te quiero.



Cuando amanezco,
me entrego a tus brazos
entre coches, tejados, grúas y árboles.

Torbellino de mi despertar,
bálsamo de mis sueños.

Balcón de azahares,
canela de mis luces.

Deseo besarte y no alcanzo,
desde la ventana de mi casa.

Al ser paloma desértica,
y reina del largo Estrecho.




DUNAS




La duna de Bolonia,
carne natural de otro manantial;
revolea su falda por el Estrecho
a través del largo y moldeado cuerpo,
al llorar rota en silencio.

Mar y campo, hierba mojada,
cintura marcada, ojos claros;
tacones en puntas, orejas pegadas,
piel rubia, escasas manos, hija del desierto
sin arrugas, ni estrías y ni cáligas.

Suéter negro, pañuelo en el cuello,
en invierno, sus corrientes me hielan,
en verano, su silueta me abrasa;
oleaje bramando, brisa sin planchar,
y mi cama, sin hacer, aguarda.




ENTRE TUS SÁBANAS



En la distancia, me metiste entre
tus sábanas anaranjadas.
Toda la noche amándonos,
cada momento, cada segundo
hasta enloquecer gimiendo
en el cercado de tu cuerpo;
con las ubres ardientes,
la piel mojada y
los labios sedientos.




CORRIENTES




Las corrientes del Estrecho,
las corrientes de mis mares.

Las corrientes de mi cuerpo,
las corrientes de mis ríos.

Estrecho, mares y ríos
suspiran por la Mezquita.

Deseos mudos y rotos,
iré a su encuentro.




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Este libro se terminó de imprimir
en los talleres de Tipografía A. Mazuelos S. L.,
el 14 de febrero de 2005, festividad de San Valentín,
día de los enamorados.


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